12/01/2008

Cadillacs en Lima



Concierto en el Estadio Nacional, Lima - Perú
Sábado 29 de noviembre de 2008
Satánico Pop Tour
Tema: Demasiada presión

10/28/2008

Y un día volvió el Salmón



Concierto en Lima de Andrés Calamaro.
Explanada del Estadio Monumental
26 de octubre de 2008
Tema: Mi gin tonic
Album: La lengua popular

10/02/2008

Israel Vibration en Lima



Israel Vibration en Lima
Tema: Vultures
Album: Praises (1990)
20 de septiembre de 2008
Centro de Convenciones Scencia

8/01/2008

Todos los caminos llevan al sur

Foto: Alberto Fuguet


Un paisaje casi desértico –a excepción de unos cuantos autos que pasan por una carretera de dos vías y algunos establecimientos aislados- que recuerda las películas gringas que pasan por el cable.
El clásico letrero de motel cerca a la ruta, algún Mc Donald´s más allá y una gasolinera con un Seven Eleven al lado.
El escenario podría ser fácilmente Arizona, Nuevo México o Alabama; cualquiera de los tres, o si fuera el caso, los tres al mismo tiempo.
Letreros tipo cinema –esos que vemos en la tele en donde la gente estaciona sus autos en un inmenso parqueo- con letras intercambiables: 99 centavos por una burger jr.
Espíritu old fashioned
Postes de luz y cables de luz
Un camión de la US Postal Service que reparte encomiendas
Música country que flota en el aire
Longevidad/ tabaco/ latas de cerveza
Un libro de Bukowski en mis manos
Un ticket aéreo con destino a Lima...

1/10/2008

1


Hace unas semanas que no la veo...

Me levanté aquella mañana y me di cuenta que no había soñado con ella. Bajé de la cama y prendí la radio para escuchar las noticias. El conductor del programa estaba entrevistando a la ministra de comercio exterior. Es la política de moda en estos tiempos. Me dirijo al baño y me veo al espejo. Me doy cuenta que tengo el cabello un poco largo y pienso que ya es tiempo de cortármelo. Me lavo los dientes y me lavo la cara. La pasta dental me resulta muy mentolada y, a diferencia del muchacho que sale en la publicidad televisiva muy sonriente después de haberse cepillado con esa crema, a mí me cuesta mucho esfuerzo mantenerla en la boca. Me enjuago rápidamente y botó el tubo casi lleno al tacho de basura.

Pienso que sería una buena idea llamar a P aunque nunca antes lo he hecho. De hecho la sorprendería recibir una llamada mía pero me da pánico estar con el auricular en la mano y no saber qué decir. La historia con P no se remonta más de dos o tres meses atrás. La primera vez que la vi fue a finales de otoño en una galería de arte. Ese día solo la vi pasar y nada más.

Salgo del baño y me dirijo a la cocina. Caliento la avena que tomo todas las mañanas y me preparo una tortilla de champiñones. Mentalmente organizo todo lo que tengo hacer durante el día. Primero tengo que ir a recoger unos encargos que mi mamá mandó desde Houston con una amiga suya, luego ir a la imprenta para que me hagan unas tarjetas personales, y después al supermercado a comprar víveres. Hoy a amanecido más nublado de lo normal aunque no hace frío. Desde el comedor, donde estoy sentado, puedo escuchar la radio que dejé prendida en mi cuarto. La entrevista a la ministra ya terminó, ahora se escucha la voz ronca de un dirigente gremial. Me termino la avena y la torilla de champiñones.

Después de unas semanas me la topé nuevamente. Fue en la casa de un amigo, un domingo. Ese día me di cuenta que conocíamos personas en común. Como una vez me dijo una amiga, Lima es una pueblo grande donde todos sus habitantes, en el momento menos esperado, confluyen. Nos presentaron. No conversamos mucho. Casi nada. Nada. Mas bien me puse a hablar con mis otros amigos a los que no veía hace mucho tiempo. Me contaron que pronto se iban de viaje de Nicaragua para ayudar como voluntarios en un albergue de niños infectados con VIH. Aunque no hablaba con P directamente, de tanto en tanto mi vista se apartaba de mis amigos y se desviaba hacia ella. Con P tan cerca pude darme cuenta de cada detalle en su rostro: ojos expresivos y melancólicos, quijada puntiaguda, y una nariz nada especial, incluso la podría calificar de imperfecta aunque encajaba bien en su cara.

Me cambio de ropa antes de salir de casa. Cojo las llaves, un puñado de monedas y mis lentes de sol, aunque sol no había. Dudo si ir caminando o en bus hasta la casa de la amiga de mi mamá. Queda a unas veinte cuadras de mi casa y tengo ganas de caminar. Decido ir caminando. Después de unas cuadras pienso que ya es hora de comprarme un Ipod. En la calle un niño me pide una moneda, se la doy y me da las gracias. Llego a la casa de la amiga de mi mamá. Me acomodo un poco el polo, me paso las manos por el cabello y toco el timbre. La señora, que aparenta tener más años que mi mamá aunque estudiaron juntas en el colegio, me saluda cariñosamente y me invita a pasar. Me cuenta sobre su viaje a Houston y sobre lo bien que la pasó, sobre lo hermosa y moderna que es esa ciudad, sobre lo bonito que sería poder vivir en Estados Unidos, y sobre lo grandazo y buen mozo que me había encontraba. Esas fueron sus palabras: “grandazo” y “buen mozo”, aunque tal vez pudieron ser “alto” y “simpático” pero de eso no estoy completamente seguro.

pd. Esta historia continuará y tendrá un desenlace solo si, usted querido lector, así lo desea. Por eso, házmelo saber a través de este medio. De lo contrario, será un hijo mal concebido.

11/14/2007

No te he visto nunca

"el aire está tan quieto que podría adivinar
a un fantasma acercarse por detrás.
¿Por qué no pasas a través de mí
y sin pensarlo te quedas a vivir?"

9/14/2007

Breve

Llegas a casa y dejas de pensar. Sólo te dejas caer y callas. Con algo de suerte unos cuantos monosílabos pueden salirte de la boca. Entras en un estado soporífero inminente.

Ese día fue un calco de los demás. Un día tan igual como los siete de la semana pasada y como los treinta del mes anterior.
Mientras comía un plato de sopa que estaba bastante tibio, Nico, mi hijo, dibujaba un hombre que tenía seis dedos en cada mano y se encontraba, al parecer, en medio de un bosque coloreado de fucsia. Mi esposa, hablaba por el teléfono con alguna amiga. El perro, lamía una pelota rasguñada. El televisor, lanzada la imagen de una pareja que se besaba tiernamente.

Me paré para irme a la cama. Nico se acercó y me mostró su dibujo terminado. “Papi eres tú”, fue lo primero que me dijo. Al tomar la hoja de papel entre mis manos y verla detenidamente, me di cuenta, efectivamente, que el dibujo se parecía mucho a mí pero con la diferencia de que ese hombre, el que había hecho mi hijo, era más real que yo.

8/22/2007

Terremoto en Lima

Video registrado en el preciso instante del terremoto del 15 de agosto. Lima. Miraflores. 6:41 pm. Departamento de mi hermana. 11º piso.

Ojo: Recomendamos visualizarlo con audífonos para apreciarlo en su real magnitud. Oigase los gritos de las personas en el exterior.

8/01/2007

Amo / Añoro (Segunda edición)

Mis chimpunes Adidas con toperoles, los inviernos calurosos y los veranos fríos, jugar fulbito los sábados por la tarde, la plaza Dorrego, las llamadas telefónicas del Dr. Tangalanga, al sapito Queijeiro y su patada descendente, los helados de la Vaca Jacinta, pasear en bicicleta por Colonia, bañarme en Colonia, sus pecas en el pecho, el risotto en todas sus variantes, Food Network, YouTube, a Bryce y sus innumerables plagios, que Beto me preste películas para así no tener que comprármelas, orinar dentro del mar, a Melcochita, a Gonzalo cuando pronuncia palabras con erre, el Mountain Dew, las hamburguesas y el chili del Wendy´s, Galerías Brasil, la prosa de Mario Bellatín, el look de los Hare Krishna, a Nancy Dupláa en Montaña Rusa, las All Star, la memorable frase "50 kilos de azúcar, 50 kilos de arroz, 50 kilos de camote y una refrigeradora Coldex" (maestro!), la generosidad de mi madre, y muchas cosas más...

(Lima, agosto 2007)

7/31/2007

Odio (Segunda edición)

A las Oh Diosas, los piercings en el ombligo, la triada café-cigarrillo-literatura, Lima y su cielo color panza de burro, el patriotismo en julio, el Play Station, cuando me mandan zumbidos por el messenger, el remedo de arroz chaufa que prepara mi mamá, los Guns n´Roses, la onda subte, a Genaro Delgado Parker, los perros chitzú, peinarme con cepillo, darme cuenta de que hace mucho dejé de ser un adolescente aunque siga comportándome como tal, la mayoría de nicks en el msn (salvo escasas excepciones), el colchón de mi cama, las locuciones de Rafo León en Tiempo de Viaje, el bigotito de Beingolea, el acento de los cordobeses, el "auge" de la gastronomía peruana, el papel higiénico de color, ir a la casa de mi abuela, mi cumpleaños, mi mail de Yahoo, que los libros sean tan caros en Lima, el reggaetón y la Teletón, mi televisor, a Winnie Pooh, que ya no exista La Vaca Jacinta, no estar con ella, los actuales circos de fiestas patrias, las fotos que se cuelgan en el hi5 y en myspace, no haberme comprado aún un iPod, este blog, y muchas cosas más...

(Lima, julio 2007)

5/11/2007

Yellowman

Chequeen este video del último concierto de Yellowman en Lima que, valgan verdades, estuvo alucinante.



Concierto de Yellowman en Lima el 9 de mayo de 2007 en el María Angola.
Tema: Jamaica Nice/Take Me Home Country Roads
Album: King Yellowman

3/16/2007

Mail 1

Hola:
¿Cómo estás? ¿Qué tal todo por allá? La verdad espero que todo te esté yendo bien. En realidad estoy convencido de que es así, simplemente he comenzado haciéndote esas preguntas por mera formalidad; porque así se estila comenzar un correo o mail y porque como tú bien sabrás soy una persona muy poco original y no me queda otra que comenzarlos de esa manera.
Yo sigo aquí en NY tratando de descansar, despejarme y ver que onda me depara la vida. Para serte sincero no echo de menos para nada Lima y espero que esto siga así porque tú más que nadie sabes lo que es vivir fuera y lo horrible que resulta extrañar hasta lo más inextrañable de tu país como puede ser, por ejemplo, los gritos de los cobradores de combi. Acá estoy bien (eso creo). Escribo de vez en cuando, lo necesario digamos, colaboro en algunos medios independientes, lo que me alcanza para (sobre)vivir y actualizo mi blog periódicamente.
Eso de colgar mis textos en una página de internet me tiene un tanto preocupado. Creo que muy pronto me voy a quedar sin amigos a causa de ello. Eso de colgar mis cuentos en la web lo hago simplemente para complacer, en cierto modo, a mis amigos. Ellos son los que me piden que lo haga –hasta ahora no entiendo el por qué y no me he atrevido a preguntárselos- y yo los trato de complacer en parte. Pero resulta que siempre caigo en lo mismo y me engaño a mí mismo diciéndome que va a ser la última vez que les hago caso porque me revienta escuchar-responder las mismas preguntas de siempre. Por ejemplo te voy a enumerar algunas de ellas: “¿todo lo que escribes te ha pasado en realidad?”, “¿quién es tal o cuál persona?”, “¿cuándo escribes algo sobre mí?”, o la peor de todas “amigo, tú sabes que puedes confiar en mí, ¿tienes algún problema que quieras contarme?” En esos momentos me dan ganas de decirles “en realidad sí tengo un problema y eres tú porque no soporto oír más las mismas estupideces siempre”. ¿No te parece justo lo que digo? Bueno pero es ahí cuando reacciono y les respondo (des)cortésmente que todo es pura ficción.
No sé si en realidad te importe todo lo que te estoy contando. Quería decírselo a alguien. Quizás en estos momentos se estén invirtiendo los papeles y seas tú el que estés renegando de mí diciéndote qué diablos me importa lo que piense este loco. Ojalá no sea así, pero en todo caso es un precio que hay que pagar en algunos casos.
Ah! me olvidaba, me mudé de departamento. Ya no vivo más con ese polaco que te conté la última vez. Ahora me pasé a un studio y estoy viviendo solo con mi soledad. Es una buena compañera a pesar de todo. Me gusta el lugar, es cómodo, económico, ideal para mí y mis pocas pertenencias. Eso sí, me tengo que comprar una cafetera urgente. Aquí cerca de mi studio tengo todo a la mano: un pequeño supermercado de chinos, una lavandería, un videorent, un bar lo suficientemente acogedor y hasta una tienda que vende boletos de lotería.
Te tenía que contar otra cosa. ¿Te acuerdas de Jessica? Se fue a LA hace quince días sin despedirse de mí. En realidad sí se despidió, me dejó un mensaje en la contestadora del departamento de mi amigo el polaco. Con esa voz sin sobresaltos que la caracteriza me decía que se iba a visitar a sus padres, que iba a quedarse un tiempo por allá, que NY ya la había hastiado, que suponía era lo mejor para ella, que ya era hora de madurar, que debía de tomar la vida más en serio, ah! y que no me quería volver a ver nunca más.
En resumen amigo, más o menos así van las cosas por acá. Te cuento que el otro día...
(te sigo contando en el próximo mail, no es que me esté haciendo el interesante, es lo último que haría, lo que pasa es que me están tocando el intercomunicador y creo que es un amigo uruguayo que me tiene que sacar una green card trucha. Ese papelito me tiene que servir para (sobre)vivir).

(Lima, marzo 2007)

2/26/2007

···

se me acabó la tinta,
mis dedos (en especial los índices de ambas manos) vienen sufriendo una artritis prematura,
la gasolina, petróleo, GLP, kerosene, bencina o lo que fuese se me terminó hace rato,
habrá que esperar a que algo suceda para que todo vuelva a como era antes,
mientras tanto iremos cubriendo las evidencias...

1/29/2007

Hace Falta + Sin Semilla



Estos son los dos primeros temas con los que abrieron el recital del viernes 26 de enero del 2007 en el María Angola.

Temas: Hace Falta (Album: Suena la Alarma) + Sin Semillas (Album: Frecuencia Cafre)

10/01/2006

Individual

8/17/2006

La santa popular


En esta ocasión resulta prescindible identificar al personaje de quien se escribirá en las próximas líneas. Obviar su nombre es un hecho intrascendente. Lo que realmente tiene importancia, en este caso, es la historia en el que se ve envuelto. Es por este motivo que de ahora en adelante lo llamaremos simplemente A. Entrar en detalles particulares como su edad, su fisonomía, sus costumbres o traumas tampoco tienen la mayor importancia; todo eso queda a voluntad del lector, queda en ellos darle la forma que vean más conveniente.

A (el personaje) descifró, después de indagar en viejos libros carcomidos por la humedad de la ciudad, que el génesis de lo que estaba buscando se remontaba a un pueblito olvidado en las montañas. Descubrió cosas nuevas que, hasta ese momento, la población desconocía o, simplemente, pretendía desconocer. La historia de la santa popular, a la que todo el país veneraba profundamente, así como su vida y milagro, eran, gracias a las pesquisas realizadas por A, puro cuento. Sus largos estudios e indagaciones sobre la supuesta religiosa le valieron ser considerado casi un erudito sobre el tema.

Las generaciones anteriores, ayudadas por la tradición oral, elevaron a la categoría de santa a una mujer que, sin ningún mérito aparente, se ganó la veneración de una buena parte de la población de ese país. Era impresionante el arraigo popular que despertaba dicha santa, sobre todo en los extractos más pobres de la población y, más aún, en los provincianos ahora radicados en la capital.

Desde que tuvo uso de razón, A pensaba que dicha tradición que profesaban sus conciudadanos era decadente y, hasta podría afirmar (yo que soy un simple espectador y me encuentro fuera todo esto), que hasta impuro. Harto de tanta blasfemia y fanatismo desmesurado, decidió sacarles la venda de los ojos y, según sus propias palabras, “hacerles un favor a todos mis hermanos”.

Fueron numerosas noches, desvelos, largas horas entre vetustos libros los que tuvo que pasar antes de llevar a cabo su “gran aporte a la sociedad”. La santa debía ser erradicaba de la mente de la población.

La gente allegada al estudioso en un principio apoyó su generosa actitud. Dicho acto era refrendado por un cierto grupo de personas de su entorno. Pero todo este proyecto puesto en marcha por A, en un principio bien visto por un puñado de gente, poco a poco fue desvirtuándose y tomando un tono misterioso. El inicial acto “salvador” de A para con sus conciudadanos fue adquiriendo un tinte tenebroso. Aunque él no quiso aceptarlo en un principio, al final tuvo que confesar sus oscuros motivos.

Es verdad que la santa no fue realmente la persona que los demás creían, y todo eso quedó demostrado en años posteriores, pero lo que no se dijo en su momento y significó el destierro de A de su país fue el querer imponer una nueva ideología religiosa, perjudicial al Gobierno, en la mente de sus compatriotas.

Es fácil de entender las reacciones tanto de A como la del Gobierno, teniendo en cuenta las circunstancias por las que estaba atravesando el país. Por una parte, el primero trataba de cambiar lo arbitrariamente establecido y el segundo de mantener el orden imperante.

A fue exiliado a un país pobrísimo pasando largos años de penurias. Sus planes iniciales se vieron truncados tempranamente. Sus conciudadanos siguieron venerando a la santa popular, hasta podría decirse, que a raíz de lo sucedido, lo hacían con mucho más fe. El Gobierno siguió imponiendo su régimen durante dieciocho años más hasta que fue derrocado por un levantamiento popular.

A podía regresar nuevamente a su lugar. Diecinueve años después, A retornó a su ciudad natal empuñando un detente con la imagen de la santa en su mano izquierda.

(Lima, agosto 2006)

8/10/2006

Ideas Nuevas

Concierto de Cultura Profética en Lima (jueves 1 de junio del 2006) en el María Angola. Después de muchos años de larga espera, por fin esta gran banda puertorriqueña pisó suelo peruano.

Buen concierto, lástima que por orden municipal tuvo que ser terminado tempranamente.

Yo estaba un poco más atrás del punto desde donde se hace la grabación.

Tema: Ideas Nuevas
Album: Ideas Nuevas

Este Jardín

Encontré este video del concierto que ofrecieron Los Cafres en Lima (jueves 16 de febrero del 2006) en Gótica. Quería compartirlo con todos ustedes. Disfrútenlo!

Yo estaba al lado derecho del escenario, los veía casi de perfil, a unos 10 metros. Conciertazo.

Tema: Este Jardín
Album: Quién da más?

4/21/2006

Cosa de dos

El leñador coge su hacha, las llaves de su camioneta y sale de la cabaña. Hace frío en el campo. Corre viento. El aire es punzante y hiere los ojos. El leñador lagrimea a causa del aire. El leñador se frota los ojos. Camina con dirección a la vieja Ford y abre la puerta. Acomoda el hacha en el asiento posterior e introduce la llave en el contacto. Arranca. La camioneta parece una cafetera vieja, piensa el leñador. Sale a la carretera y va hacia el bosque. Debe manejar unos veinte kilómetros como de costumbre. Casi no toma atención a la ruta. Maneja despacio. Al cabo de veinte minutos llega a su destino. Apaga el motor de la Ford y baja de él. Coge el hacha y camina hacia donde se encuentra los árboles más viejos. Mira a su alrededor y decide por cuál va a comenzar. Ése, susurra. Empuña bien el mango del hacha y da un golpe seco. Trac. Otro golpe seco. Trac. Las astillas le caen en la cara surcada por las arrugas. Trac. Trac. Comienza a sentir calor. Se desprende de la casaca que lleva puesta y la deja caer al suelo. Divaga y se le viene a la mente su mujer. Hace mucho que no la toca, que no hacen el amor. Recuerda claramente aquella oportunidad, la última vez que lo hicieron. Eso le produce una feroz erección. El leñador deja el hacha y se sienta sobre su casaca. Apoya su espalda sobre el tronco de un árbol. Se desajusta sus jeans y se los baja hasta las rodillas. No lleva puesto ropa interior. Aprieta fuertemente su pene con la mano derecha y cierra los ojos. Comienza a frotar suavemente su miembro de arriba para abajo. Piensa en su mujer, en su concha húmeda y sus tetas prominentes. Sigue frotándose pero ahora con más fuerza. De arriba a abajo, de abajo hacia arriba.Va a terminar. Laura, Laura. Su pene dispara un semen espeso y muy blanco. El leñador se sube los jeans sin limpiarse la polla. El leñador coge su hacha y sigue dándole fuerte al árbol. Trac. Trac. Carga los pedazos de madera y los sube a la camioneta. El leñador se acomoda en su asiento y arranca. Maneja los veinte kilómetros que lo separan de su casa. Llega a la cabaña y ve a su mujer tiraba sobre la cama leyendo un libro. El leñador piensa por un momento que debería hacerle el amor pero se da cuenta que no es una buena idea. El leñador sale nuevamente de la cabaña y se va a jugar con el perro.

(Lima, abril 2006)

4/18/2006

Odio


Los polos con la foto del Che Guevara, los diarios personales, los ringtones de celulares con canciones de moda, el mouse de las Macintosh, las botas tipo vaquero, los libros de autoayuda, los lentes de contacto de colores, los campamentos en la playa, los emoticons, los forwards, las corbatas con personajes de Walt Disney, a Hello Kitty, los Teletubbies, las modas pasajeras, el tex-mex, el acento de los ticos, el tráfico de Lima, las bufandas cortas, jugar ajedrez con personas que me ganen, la ropa Made in China, los Ticos, The Weather Channel, todo lo pro yankee, los tatuajes de las mujeres debajo de la espalda, los celulares con cámara, mi cumpleaños, que a las mujeres no les guste el fútbol, a Jennifer López, a Maradona (post despedida de las canchas), a los Testigos de Jehová los domingos por la mañana, a Raúl Romero, a Joaquín Sabina y Fito Páez, los libros pirata, las películas románticas, el jútbol (jútbol con j) peruano, los múltiples festivales en memoria de Bob Marley, el perro chino (o peruano), las personas que parecieran que sufren síndrome de down sin que realmente lo padezcan, los horóscopos, la nariz de Edu Saettone, darme cuenta que no soy invencible... y mucho más.

(Lima, abril 2006)

Amo / Añoro


Las Palipapas, los Boliquesos, el gallopinto, ir a Norte, mi pinball de Tom y Jerry, jugar tapa - tapa con Diego, mi video juego de Mario Bros 3, Bourbon Street, leer al aire libre, escribir bajo techo, El Ateneo, los viajes a la sierra por carretera, los tacos en La Súper Rueda de Pardo, a la Roberta, al care picha, los borradores de papa, mis lentes Dragon, los lentes de carey, eBay, la cerveza Corona con limón, la nieve en Connecticut, el equipo de la U del 92, ponerme chimpunes, las hamburguesas baratas, el min pau de Capón, bailar con ella, los programas de la Gata Loca, Barbapapa, los dibujos animados de Hanna Barbera, la comida de avión, los amigos que te haces en los aeropuertos, la Plaza Francia y sus alrededores, la hortacha, los Garbage Pail Kids, las perdidas con los cocineros, la playa al promediar las cinco de la tarde, las caminatas por Miraflores durante la noche, las películas argentinas y españolas, las mismas que tienen un final dramático, Puerto Viejo y Limón, Key West, los trulys de Chacra y Mar, a Natalia Gallardo, los Simpson, El Chavo del Ocho, los cómicos ambulantes, cambiarme de boxer, el control remoto, los libros con páginas delgadas, introducirme hisopos en la oreja, el sonido del bandoneón, el roots... y mucho más.

(Lima, abril 2006)

12/31/2005

New Orleans

Me había advertido que aquel fin de semana iba a ser el mejor de toda mi vida. Por un instante decidí hacerle caso y dejarme llevar por su entusiasmo. Normalmente toda nueva experiencia me llena de incontrolable emoción pero aquella vez no sucedió lo mismo. Para llegar a Nueva Orleans nos esperaban cuatro horas de viaje por carretera y dos horas de vuelo en avión.
Esa mañana cogimos su auto, nos percatamos que no nos faltase nada y nos abastecimos de unas cuantas provisiones para el viaje: latas de Coca Cola, unas donuts embolsadas y barras de Milky Way.
En Lima acababa de terminar un semestre más de la universidad y como había pasado invicto todos los cursos (la verdad cosa muy extraña en mí) me sentí con el derecho de pedirle, como recompensa a mi esfuerzo, un viaje a mi padre. Gracias a mi insistencia y a su generosidad, aquel enero pude fugar de Lima y viajar a Estados Unidos. Además, hacía mucho tiempo atrás entre mis padres y yo existía una deuda pendiente que, por diversas circunstancias, no se había concretado. Era hora reclamar lo adeudado.
Para ser sincero no sé por qué motivo elegí ese país como destino de mis vacaciones. Siempre consideré a Estados Unidos como un país híbrido, sin gusto y poco atractivo. Ya había estado ahí hacia unos seis años atrás con los mellizos Artieta y una tía lejana que, más por obligación que por otra cosa, nos llevó a Disney World a conocer a Mickey Mouse. Ahora, seis años después, me encontraba nuevamente en Estados Unidos. Los derechos que me ofrecen tener la mayoría de edad, el estar solo y los privilegios de tener en posesión una tarjeta de crédito dorada en el bolsillo eran las variables suficientes para hacer de este viaje unas vacaciones inolvidables. No había por qué arrepentirse de visitar nuevamente Estados Unidos. Por supuesto que no.
Ya en la interestatal que nos llevaría a Mobile, Alabama mi amigo se percató que no traía ningún cigarrillo encima suyo. Siguió manejando unos kilómetros más y paró en un Seven Eleven. Entramos a la tienda y nos recibió un redneck que se encontraba detrás del mostrador hojeando una revista pornográfica. Mi amigo se dirigió a la máquina de café, se sirvió el vaso más grande y cogió una cajetilla de Marlboro. Yo compré un hot dog y un disco de Smiths. Cada uno pagó lo suyo y subimos al auto para proseguir con el viaje.
Aún faltaban dos horas para llegar al aeropuerto de Mobile. La tarde estaba fresca. La ventanilla baja del auto hacía que el viento acariciara mi rostro y revolviera mis cabellos. Cerré por un instante los ojos para descansar pero mi amigo no me dejó. Me comenzó a contar sus historias con sus ex enamoradas, todas ellas de raza negra. Decía que sexualmente ellas se desenvolvían mejor que cualquier otro tipo de mujer. Eso lo descubrió la vez que acudió a un night club en Los Angeles y se tiró a una cubana ilegal. Luego de aquella experiencia sentenciaba que las rubias, a pesar de ser más bellas que las mujeres de color, no valían la pena a la hora de follar. Así era mi amigo, poseedor de una forma de pensar muy peculiar.
Después de dos horas llegamos al aeropuerto y tomamos un vuelo de Delta. Nos registramos en el counter y subimos al avión rápidamente. Verifiqué el número de asiento que me habían asignado: 12 A.
Una señora que aparentaba unos cuarenta años, de contextura gruesa y piel trigueña ocupaba el asiento del costado. Desde que despegó la nave hasta que aterrizó en Nueva Orleans, la muy hija de puta no dejó de roncar.
Aire. Aterrizaje. Al fin en la ciudad del jazz pude comprobar por mis propios medios todo lo que había escuchado sobre ella. Lo primero que hicimos después de instalarnos en el hotel fue ir a la famosa Bourbon Street y entrar a uno de los tantos bares que abundan ahí. Nos sentamos en la barra y pedimos un par de hurricanes para sentirnos más a tono con la ciudad. Al poco rato un par de chicas rubias con unas caras de putas impresionantes entraron al bar. Dieron un rápido vistazo al salón y, todas putísimas, se sentaron junto a nosotros. Pensé que lo que me correspondía hacer en ese instante era decirles algo.
- Hi, can I invite you a drink? - fue lo primero que se me ocurrió.
- Sure, thanks - me respondió la que se sentó a mi costado.
- I´m Mauricio and this is my friend Diego – le dije.
- Are you americans? – me preguntó la otra.
- No, we are peruvians. South America. Machu Picchu.
- Bárbaro che, nosotras somos argentinas, de Rosario, viste. Estamos acá de vacaciones por unas semanas nada más – dijo la que tenía cara de más tranquila, es decir, la menos puta.
Conversamos los cuatro un largo rato sobre nuestras vidas y sobre nuestras países. La verdad es que ambas estaban bastante bien físicamente a pesar de su apariencia.
A esas alturas, la media docena de esos traguitos rojizos que me había tomado comenzaba a hacer efecto. Estaba ya adormecido y me reía de todo. Diego y las chicas también estaban borrachos y hablando en voz muy alta, casi gritando.
- Che te voy a contar algo sobre mi ex novio. Él era peruano. Lo conocí en Santiago de Chile. No sabés lo que era el chabón ese. De todos los pibes con los que me he acostado, fue el mejor, era una máquina el hijo de puta – mientras hablada se iba mordiendo los labios. Por eso es que desde ese momento siento algo especial por los peruanos, che y no es joda eh - finalizó.
Me cagué de la risa apenas terminó de decirme eso, quizás a consecuencia de lo que había bebido o quizás por lo que me imaginaba podía suceder. En ese momento mi mente comenzó a trabajar a mil.
Media hora después, luego de pagar la cuenta y de una charla que comenzó a subir de tono, fuimos a nuestro hotel. Cuando íbamos a tomar el ascensor, Diego se disculpó y dijo que iba por una cajetilla de cigarrillos. Nosotros tres subimos.
Como me lo imaginaba, Diego no volvió hasta la mañana siguiente a dormir al hotel. Seguro se fue tras una negra o a conocer la ciudad.

(Lima, diciembre 2005)

2/08/2005

Que perfecta es la vida

Él estaba nervioso, me lo confesó esa mañana. Deseaba que todo saliera como lo había planeado. Pero aquella situación, que la había estado maquinando desde hace tanto tiempo atrás, no dependía solo de él. Ya había realizado el primer paso. El más importante de todos. Ahora solo faltaba colocarle la cereza al pastel. Ojalá salga todo perfecto, me dijo antes de salir hacia el restaurante. Se encontraba muy nervioso, ya lo dije. Quedaron en encontrarse a las siete de la tarde en el restaurante que se encontraba en la esquina de la avenida De Mayo. Apenas colgó el teléfono subió a tomar una ducha tibia y a afeitarse. Dudó un instante en que ropa vestir para esa oportunidad. Al final decidió por un par de jeans, un polo celeste y unas sandalias. Deséame suerte, me dijo antes de dejar la pieza. No me acuerdo sinceramente si se la di porque la verdad me pareció patética su actitud. Yo en su lugar me hubiera comportado de otra manera. Era demasiado para una persona como él que había pasado por situación similares o aún peores a lo largo de su vida.
Llegó antes de la hora pactada. Suele ser muy puntual para todo. Se sentó en una mesa mirando hacia la puerta. Quería tener un panorama general del ambiente en dónde se encontraba. Pidió un porrón de cerveza y bebió despacio, esperando. El ambiente estaba inundado de murmullos que no le decían nada. Cada mesa era un mundo distinto, ajeno a él. Al cabo de quince minutos de espera pidió otra cerveza. Ya era la hora señalada para el encuentro pero aún no se hacia presente la otra persona. Qué raro, pensó en voz baja.
Un mozo calvo y de contextura gruesa se le acercó para ofrecerle algo de comer. No gracias, más bien tráigame otra cerveza, le respondió. La puerta del restaurante se abría a cada instante, pero en ningún momento se asomaba la otra persona. Él se comenzaba a impacientar. Yo lo conozco bien y en una situación similar hubiera tomado otra actitud. Sin pensarlo dos veces hubiera mandado todo al diablo y se hubiese largado. Pero en esta ocasión, algo más fuerte que él se lo impedía. Necesitaba un poco más de paciencia. Decidí esperar unos minutos más, me dijo después.
El ambiente en aquel lugar estaba fresco. Las hélices de los ventiladores giraban encima de su cabeza y le revolvían el cabello. Ya habían pasado veinte minutos de la hora acordada y todavía no daba señales de vida la otra persona. ¿Se habría equivocado de restaurante?, se llegó a preguntar.
Comenzó a sentir hambre. No había probado bocado desde el desayuno. Llamó al mozo calvo y le pidió una pizza de muzarella. Luego sorbió un trago largo del líquido amarillento que lo hizo atorarse. Miró nuevamente su reloj de pulsera. ¿Qué se habría creído esta persona para dejarme esperando tanto tiempo?, pensó rabioso. Al cabo de unos minutos le trajeron su pedido: una inmensa pizza grasosa con el queso que se escapaba por los costados. Comenzó a comer, hambriento. En esos momentos su atención se concentró en lo que tenía al frente suyo. Solo eran él y su plato. Nada más importaba en esos instantes. Qué importaba la otra persona.
Las manecillas de su reloj marcaban las ocho y veinte cuando decidió pedir la cuenta y marcharse. Pagó y salió a la avenida. Aún no terminaba de oscurecer lo que le sugirió caminar un poco por la ciudad.
Anduvo un largo trecho a pie hasta que llegó a la plaza Francia. Todo ahí le parecía nuevo y maravilloso. A su vez, estas cosas que lo encandilaban se encontraban recubiertas, según su apreciación, con un velo de superficialidad. En esos momentos –según me contó- se le vino a la cabeza la historia que alguna vez le contaran sobre un hombre que sufría una enfermedad terminal. Este personaje deseaba que le practicaran la eutanasia antes que seguir sufriendo, cosa que los médicos se lo impedían. Al final, después de tantos meses de agonía y de estar postrado en una fría cama de hospital, murió a causa de la penosa enfermedad que padecía.
Ya cansado de tanto caminar decidió ir a su casa. Paró el primer taxi que pasó enfrente de él. Por los parlantes del auto se oía una canción de los Rolling Stones. A través de la ventanilla, los postes de alumbrado público y los autos que pasaban por el costado se desdibujaban tomando formas extrañas. Que divertida es la vida a bordo de un auto, se dijo así mismo. El auto se detuvo. Luz roja. Unos pocos metros más allá había un kiosco de periódicos en el que pudo leer una noticia referente a un incendio que se produjera unas semanas atrás en un local público.
Llegó a casa a las doce menos cuarto. Lo sé porque vi el reloj que cuelga en la pared de la cocina apenas escuché el sonido que hizo con sus llaves al abrir la puerta. Al verlo, inmediatamente le pregunté por la otra persona. Dibujó un gesto en su rostro que me fue imposible descifrar: frunció el ceño, alargó el cuello como lo hace un cisne y soltó una leve sonrisa. Nunca llegó, me respondió y se dirigió a su pieza. Podría asegurar que, muy dentro de él, se alegraba que esa noche tuviera aquel desenlace.

(Buenos Aires, enero 2005)

1/07/2005

Sin título



Necesito irme. A cualquier lugar, pero irme. Cuanto más lejos, mejor. Fugar. Huir. Dejar todo atrás y olvidar. Poner en práctica la frase “borrón y cuenta nueva”. Porque me siento hastiado. Aburrido. Desesperado. Acorralado. Atrapado en un lugar que percibo, no es el mío. Me siento un extraño, casi casi un extranjero en mi propio hábitat.
¿Qué hacer? Ésa es la pregunta más frecuente que ronda dentro de mi mente. ¿A dónde ir? ¿Por qué? Cuestionamientos que escapan de mí espontáneamente, buscando la respuesta que me lleve a algún puerto feliz. No creas que soy un ser infeliz. Lleno de desesperanzas. De amarguras y traumas. No, claro que no lo soy. Soy, más bien, un ser sensible. Por lo menos, más que el promedio. Soy un curioso. Un indagador permanente. Ése, creo es mi problema. Me inmiscuyo, meto mis narices donde no debo. Me complico de todo. Todo. Por eso es que quiero borrarme. Alejarme. Desaparecer como un fantasma de alguna tira cómica.
Esto, pensándolo bien, no debería estarlo digitando en un frío ordenador. Tendría que guardármelo sólo para mí. Mis dedos no deberían estar presionando las teclas que hagan que estas ideas, que me invaden ahora, se queden perennes en el tiempo.
Pero eso es lo exquisito de la literatura. Te sirve como vía de escape. Es una puerta abierta con un inmenso letrero que dice “salida de emergencia” en medio de una habitación en llamas. En mi caso, me sirve para vencer a los demonios que me acechan. Para sentirme el titiritero mayor. Pero a veces, tengo que confesarlo, me quedan mis dudas si es beneficioso escribir. No sé si todo esto valga la pena realmente. No sé si lo que escribo sea verdad. Quizá me estoy engañando o quizá lo esté haciendo ahora contigo. Porque muchas veces todo esto es puro cuento. Quizá lo que siento también lo sea.

(Lima, enero 2005)

12/29/2004

Diálogo entre dos

Estacionó su auto cerca a la plaza y caminó con dirección al jirón. Estaba vestido como de costumbre. Sandalias de tiras gruesa, un pedazo de tela color ocre que le cubría todo el cuerpo y una soga que usaba de cinturón. En la mano derecha llevaba un pedazo de roble que le servía como bastón. Era verano. La gente que caminaba a su alrededor transitaba presurosa. Los rayos del sol rebotaban sobre los rostros brillosos a causa del sudor. Los mendigos tirados sobre el piso mugriento le dificultaban el caminar. Uno que otro lo jalaba del traje para llamar su atención y robarle por lo menos un par de monedas. El, con el movimiento de su mano dibujaba en el aire una especie de figura. Luego, murmuraba algo entre dientes y seguía su marcha. Otras personas volteaban para confirmar lo que sus ojos acababan de observar. Un niño cogió la mano de su mamá y le dijo, "mami mira es Jesucito, el mismo que sale en la estampita que me regaló el padre Santiago". La madre volteó a corroborar lo que su hijo le acababa de decir. Sí, efectivamente era Jesús, el hijo del hombre. El Mesías. Multitud de gente en las calles. Tiendas con inmensos letreros hechos con luces de neón. Personas que iban y venian.
Jesús continuó su camino observando el paisaje. Cómo había cambiado la ciudad, pensó para sus adentros. Desde el cielo se ve diferente, reiteró. Unos metros más adelante, un grupo de personas de diferentes edades formaban un círculo alrededor de una persona que no se llegaba a distinguir desde su posición. La gente lo observaba atentamente. La curiosidad de Jesús lo obligó a ver lo que ocurría en ese lugar. Se paró detrás de una señorita que vestía unos jeans apretados que moldeaba su cuerpo. Tuvo que empinarse para observar claramente lo que había en el centro de la esfera humana. Vió sorprendido a un joven, con la tez azulada y de edad indefinida. Llevaba un pantalon holgado color amarillo y unas sandalias de la misma tonalidad. De su cuello colgaban collares de flores naturales. En su mano tenía una flauta de bronce que de cuando en cuando se la llevaba a la boca para arrancarle unas melodías exquisitas. Su torso estaba desnudo, sin ningún vello intruso. Aquel personaje era de una belleza increíble. Una vaca se encontraba cerca de él. La gente estaba extasiada ante lo que tenía frente a sus ojos.
Jesús se frotó los ojos para confirmar lo que estaba viendo. Preguntó intrigado a la muchacha que tenía al frente quién era aquel extraño ser. "Es Krishna", le dijo en forma cortante como para no perderse ningún instante de aquella escena. Después de terminar una breve melodía, Krishna continuó con su discurso. Hablaba algo con referencia a la fe y el amor. Jesús no supo qué hacer. Se encontraba consternado. Solo atinó a abrirse paso entre la gente y a lanzarse contra el joven orador. Sorprendido, el tal Krishna dejó su flauta en el suelo y se puso en posicion de pelea. "Tranquilo que no he venido a pelearme, lo único que quiero es que dejes de engañar a la gente", le dijo Jesús con voz firme.
- ¿Y tú quién eres para venir a decirme lo que tengo que hacer? - le contestó Krishna indignado.
- Yo soy Jesucristo, el hijo de Dios, el creador.
- ¿Y quién te ha dado ese calificativo? Yo soy el verdadero Dios.
- Mide tus palabras. ¿De dónde has salido?
Los que los rodeaban miraban sorprendidos el espectáculo que se estaba produciendo. Más personas se unían para ver lo que acontecía en ese lugar. Un minusválido se arrastró presuroso para observar. Se metió entre las piernas de los concurrentes para tener una mejor vista.
- ¿Qué bueno haces por estas personas? - lo interrogó Krishna, amenazante.
- Los ayudo en lo que me piden, los protejo para que no les pase nada, los...
Eso es mentira -gritó una señora andrajosa- miráme cómo estoy ¿acaso me has dado algo bueno?
- ¿Ya ves? -le recriminó el joven azulado. En cambio yo les puedo dar la felicidad eterna.
- No me hagas reír. Mírate pareces un personaje sacado de una caricatura.
- Yo me reencarno en miles de cosas. Yo vengo de tierras lejanas. La gente está harta de tantas mentiras. Quiere cosas concretas y no tanta filosofía barata.
- Yo soy tres personas al mismo tiempo. Hago que los ciegos vuelvan a ver y a los minusválidos los hago caminar nuevamente.
Entonces haz eso conmigo -suplicó el minusválido que se encontraba tirado en el suelo.
- Eso dejémoslo para después. Ahora solo me interesa aclarar las cosas con este payaso - le dijo Jesús.
La vaca que se encontraba al lado de Krishna le enseñó los dientes a Jesús. Luego, comenzó a cagar. Un par de masas compactas cayeron al suelo, lo que hizo que las personas que se encontraban cerca se apartaran inmediatamente.
La discusión se comenzaba a prolongar. Poco a poco se iba desintegrando el círculo compacto que se formó inicialmente. De pronto un niño se acercó a Jesús y tiró de su túnica color ocre. "Jesús, unos tipos están robándose las llantas a su carro", le dijo. Cogió el pedazo de madera que usaba como bastón y lo apuntó a la cara de Krishna.
- Nos encontraremos algún día y hablaremos a solas - vociferó Jesús.
Cuando se había volteado para ver lo que pasaba con su auto, el minusválido que aún permanecía ahí le dijo:
- Jesús, cómo quedó lo nuestro. Házme caminar.
Este volteó. Apartó con sus manos la larga cabellera de su rostro y le dijo:
- Deja que Krishna se encargue en esta ocasión.

(Lima, diciembre 2004)

12/28/2004

Mi hermano

“Lléveme al hospital Central, por favor”, le dije al taxista. Apenas unas horas antes nos habían llamado para avisarnos que a mi hermano lo habían internado en el sanatorio por un paro respiratorio. Toda la familia se esperaba una situación parecida o aún peor en cualquier momento debido a la vida licenciosa que estaba llevando mi hermano. Sabíamos que jalaba cocaína y tomaba descontroladamente. Y sabe Dios qué otras sustancias más soportaba su deteriorado cuerpo. Él se fue de casa cuando yo apenas era un niño. Recuerdo que un día les dijo a mis padres que no aguantaba más vivir con ellos bajo el mismo techo. No quería más órdenes, ni reglas preestablecidas. Así que decidió alquilar un pequeño estudio en un barrio residencial a una hora de nuestra casa. Hace ya 7 años de eso. Desde entonces lo he visto en contadas ocasiones. En mi mente me resulta casi imposible visualizarlo sin la ayuda de alguna foto donde salga él. La única que conservo es la de un cumpleaños de mi madre de hace 4 años. Él sale rodeado por toda la familia, como si fuera el verdadero homenajeado en esa ocasión.
Esa tarde nos llamaron del hospital para darnos la noticia de lo que le había ocurrido a mi hermano. Mi madre cogió lo primero que tenía a la mano y fue inmediatamente a verlo, desesperada. Mi padre, en cambio, se sentó en el sofá, agarró el control remoto de la televisión y puso un canal deportivo. Yo, subí a tomar una ducha fría para ir luego al hospital. Me cambié presuroso. Unos pantalones sueltos, una camisa rayada y mis zapatillas marrones. Salí a la calle.
“Lléveme al hospital Central, por favor”, le dije al taxista. Hacía mucho tiempo que no acudía a un lugar de estos. Me ponen mal, y más si es que tengo que ver a algún familiar como en esta oportunidad. Pregunté en la recepción y me dijeron que mi hermano aún se encontraba en la sala de recuperación. No lo podía ver. El panorama era deprimente en ese lugar. Enfermos en medio de los pasadizos por falta de habitaciones, paredes con rastros de humedad, enfermeras con cara de pocos amigos. Ese es el lugar que mejor calzaba con la vida que llevara mi hermano en los últimos años. A dónde pretendía que lo llevaran, ¿a una de esas clínicas privadas donde enfermarse resulta ser casi un lujo?
Cuando le asignaron un cuarto lo pude ver. Estaba mucho más flaco que la última vez que lo vi. Su rostro huesudo, sus frágiles brazos y los ojos hundidos, me removieron el alma. En ese momento se me vino a la memoria los recuerdos de mi niñez en compañía de él. Jugando con las almohadas sobre la cama de mi padres o con los videojuegos. Compartimos muchos momentos juntos. De niño lo veía casi como un héroe.
Pero cuando lo vi postrado en la cama me pregunté por qué había elegido esa vida. Cuando decidió vivir solo y dejar nuestra casa, mi padre olía cómo iba a terminar. No hizo nada por evitarlo. No sé hasta ahora el por qué. Dejó que las cosas siguieran su curso natural. Hace 7 años que estaba esperando una llamada de ese tipo. En cambio, a escondidas yo la veía a mi mamá rezar mirando una foto que tenía de él sobre su velador.
Una vez que le dieron de alta, mi madre decidió llevarlo a casa. Me desalojaron de mi cuarto para ir a dormir en el sofá. Mi hermano poco a poco se fue recuperando y ganando algo de peso. Seguía muy delgado pero nuestros ojos ya se habían acostumbrado a esa imagen deprimente. En casa se respiraba un aire más esperanzador. Un día mi hermano le advertió a mi mamá que una vez recuperado iba a volver a vivir solo. Y así lo hizo. Después de dos semanas, cogió las pocas prendas que tenía y se despidió de nosotros. Mi mamá era un mar de llanto. No se resignaba a que su hijo mayor se apartara por segunda vez de su lado. Mi papá le extendió la mano y lo despidió en la puerta. Sabía que no lo volvería a ver en mucho tiempo. Cerró la puerta, avanzó unos pasos y se sentó en el sofá. Agarró el control remoto de la televisión y puso el canal deportivo. Sabía que tenía que esperar la llamada del hospital.

(Lima, diciembre 2004)

12/27/2004

Descartable

Ahora que ya ha pasado un tiempo prolongado y me encuentro más calmado, comienzo a comprender mejor las cosas. En su momento era casi imposible. Como el pedirle a un niño de 3 años que resuelva una ecuación matemática. Ahora, siendo un poco racional y dejando de lado mi orgullo masculino, hasta te doy la razón. Sí que la tienes. Yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo. Hasta habría maquinado algo más descabellado y malicioso. Algo que significara marcarte para siempre, para que de cierta forma, no te olvidaras de mí. Algo que te hiciera sufrir. Pero eso, sin duda alguna, no podía esperarlo de ti.
No creo que haya sido esa pelea el detonante de todo. Aunque sigues afirmando que fue así. O por lo menos una gran parte. A mi parecer, fue una pelea como muchas de las que hemos tenido en nuestra corta relación.
Esa noche discutimos y te largaste de mi departamento. Cerraste la puerta con un golpe seco.

No traté de detenerte ni arreglar aquella situación. En esos momentos agradecí profundamente el que te hayas ido. Deseaba respirar a mi alrededor aire puro y no ese aire viciado que se inhala junto a ti en ciertos momentos. Como en aquel instante. Después que me percaté que te habías subido a tu auto, que arrancaste el motor y te habías largado, apagué mi celular y fui al bar de siempre, a ese donde nos conocimos unos meses atrás. Era jueves. Muy probable que el lugar estuviera repleto de personas. Deseaba conocer a alguna mujer en esos momentos y poder distraerme un poco. Estaba feliz.
Había tomado mucho. Eran las 3:30 de la madrugada cuando regresé a casa. Roxanna –no me acuerdo su apellido ni su edad, creo que ni se lo pregunté- estaba conmigo. Dormimos juntos. Era linda, diría que hasta más guapa que tú. Pelo ensortijado, ojos verdes y piel blanca como la leche. Tenía la pinta de una chica hippie en decadencia. Estaba sentado en la barra cuando se me acercó. Me pidió que le invitara una cerveza. Conversamos un largo rato, nos reímos, y nos besamos. Le propuse ir a mi departamento para pasar la noche juntos. Ella aceptó inmediatamente. Aquella escena fue un calco de cómo te conocí, Thai: el mismo lugar, un diálogo similar, las mismas acciones y reacciones.
La mañana siguiente tu llamada me despertó. Nos despertó. Me levanté de la cama y cogí el teléfono. No me saludaste. Apenas dije “aló”, comenzó la ráfaga de insultos hacia mí. Para serte sincero, en esos momentos no me importaba lo que me decías. Me encontraba cansado y me dolía la cabeza por las cervezas de la noche anterior. Creo que hasta ni te prestaba atención. Pero la frase que dio fin a tu monólogo me sacudió. Fue como si me hubiese tirado de un globo aerostático sin paracaídas. “Se acabó. No intentes buscarme, estoy en Sumarine”. Y colgaste.
En esos momentos le dije a Roxanna que se vistiera y se vaya de mi departamento. Quería estar solo, pensar. Intenté llamarte pero habías desconectado tu celular.
Vivías sola en Lima en el pequeño hospedaje para extranjeros y por eso te resultaba fácil cambiar de vida así de rápido. Eso era lo que me atraía de ti. Llamé a la dueña del alojamiento para saber si tenía conocimiento de tu paradero. Me dijo que le pagaste lo adeudado y que te habías ido con todas tus cosas. No supe nada de ti por un mes.
Sabes que soy una persona inestable y dependiente. Sabes muy bien que no puedo estar sin nadie a mi lado. Ahora solo me queda conocer a alguna persona que te sustituya. Alguien que duerma a mi lado y con quien hacer el amor. La tarea no será difícil. Creo que iré al bar de siempre para encontrar a alguna otra Roxanna o encontrarte nuevamente.

(Lima, diciembre 2004)

Huellas


A Paul

Paf. Un golpe seco remeció su rostro. Se encontraba parado frente a ella con las manos en los bolsillos cuando recibió la bofetada. Paulo no se lo esperaba. Su rostro se incendió como fuego incandescente pero no atinó a hacer nada. Roxy tenía los ojos hinchados y llenos de lágrimas. A pesar que lo amaba, lo sacó a empellones de su casa. Decidió no sufrir más por culpa de él. Ya era suficiente. Estaba harta de todos los problemas que acarreaba estar junto a él. Esa relación le había arrebatado cuatro años de su vida de adolescente. Que perdida de tiempo –pensó más tarde.
- Sal de mi casa y sal de mi vida. No me vuelvas a buscar. –le gritó Roxy histérica.
Paulo se fue conmocionado. La coca que inhaló con sus amigos, unos minutos antes de ir a la casa de Roxy, le ayudó a sobrellevar aquel momento. Sabía que la había fregado.
Después de eso, todo fue cuesta abajo para él. Su carácter no le permitía exteriorizar sus verdaderos sentimientos. Ante los demás mostraba su coraza de hombre fuerte, reprimiendo la realidad que vivía en su interior.
Tomó un taxi con dirección al barrio. Cuando llegó no encontró a nadie. Las calles estaban desiertas. Que raro –pensó en voz alta. Caminando a su casa se encontró con Julio.
- Acompáñame al puerto necesito computar – le dijo a Julio.
- Pero ya sabes cuál es el precio por acompañarte.
- Vamos nomás, imbécil. Ya te conozco, nunca me puedes hacer un favor sin pedir nada a cambio – finalizó Paulo.
Esa noche los dos terminaron en un cabaret de mala muerte con un par de putas. Bebieron ron y jalaron coca. Paulo sentado en la barra llamó a la que se encontraba más cerca. Era una chica trigueña, robusta, con tetas prominentes y piernas largas. Hablaron unos minutos y se metieron a unos de esos cuartuchos endebles. Ella le ordenó que se desvistiera. Él, obedeció sumiso. Las prendas iban cayendo al suelo desordenadamente. Ella le lavó el pene aun fláccido con agua y jabón. Tomó unos minutos que el miembro de Paulo despertara, había bebido mucho. Se echaron en el catre mugriento y tuvieron sexo.
Paulo y Julio salieron del local cuando el sol casi asomando en el cielo. Eran las 5:34 de la mañana. Tomaron un taxi que los llevó al barrio. Ambos se encontraban cansados. Estaban destrozados. Más aún Paulo. Su delgado cuerpo le implorada que le diera un poco de descanso.
Paulo sacó lo último de coca que le quedaba y la inhaló usando la llave de su casa. Metió sus manos al bolsillo de sus jeans Guess y no encontró su billetera. Malditas rameras –gritó con su voz áspera. Sacó su celular y lo encendió. Tenía dos mensajes de voz en la grabadora. Digitó la clave y escuchó el primero. Era su mamá preguntándole por su paradero. “Paulo dónde te has metido. Has salido de la casa desde la mañana y hasta ahora no vuelves. Cuídate hijito”, y se cortó. Escuchó el segundo mensaje. Era Roxy. Su delgada voz a través del auricular lo llenó de nostalgia. Su coraza de hombre fuerte se desmoronó por completo como si fuera un castillo de naipes. Por un instante, pensó en una posible reconciliación. “Solo llamaba para decirte que tengo ropa tuya en mi casa. Ven a recogerla, he encargado a la empleada que te la dé”, y colgó bruscamente. Paulo observó por unos instantes el celular y pensó en todos los momentos que había pasado junto a ella. Junto a su Roxy de siempre. Pero era conciente que su suerte estaba echada. No la volvería a ver más. Julio ya se había largado. Caminó hacia su casa y pensó en qué decirle a su madre con respecto a su ausencia. Entró a su cuarto sin hacer ruido. Se desvistió y se echó desnudo en la cama. Volteó la vista a su mesa de noche y vio el retrato de Roxy. Lo cogió con sus manos temblorosas, se lo acercó a sus labios y la besó. Lo colocó nuevamente en su lugar y recostó su cabeza en la almohada. Al rato, unas delgadas lágrimas comenzaron a recorrer su mejilla.

(Lima, diciembre 2004)

Felicidad


Siempre odié las órdenes. Desde pequeño fui reticente a los mandatos. A las frases imperativas. No sé a que se deba esta actitud. Lo peor de todo es que aquellas personas que nos las escupen, muchas veces, se creen superiores siendo en el fondo unos pobres infelices. Por ejemplo T. Siempre odié a T. Su apariencia me irritó descontroladamente desde que lo vi por primera vez parado en la puerta del edificio donde recién me había mudado. Siempre con su cara de cojonudo dándote los buenos días o las buenas noches.
Apenas me levanté esa mañana gris, Sam comenzó con sus engreimientos de niña bien. Decidimos vivir juntos a pesar de la negativa de sus padres. A pesar de las oposiciones, alquilamos un apartamento cerca de Freddy´s. En un comienzo las cosas fueron de cierta manera digerible para ambos. Nos pasábamos todos los fines de semana tirados dentro de la cama. Sólo el dolor de nuestros cuerpos nos sacaba de nuestro lecho. Nos bañábamos juntos, desayunábamos a eso de la una y luego veíamos alguna película en casa. Los días de semana cada uno se dedicaba a sus asuntos. Ella dictando clases de francés en el instituto y yo como dependiente en una librería. Así transcurrieron nuestras primeras semanas de convivencia. Todo bien. Hasta que la rutina me fue carcomiendo. Me comenzaba a matar.
Yo la quería. La quiero. A mi manera. Desde que la conocí me pareció una mujer atractiva, con un aura especial. Pero ahora que ha pasado tanto tiempo el interés ha disminuido. Por mi parte. ¿Por parte de ella?
Ese sábado en la mañana lo único que quería hacer era no hacer nada. Estar tirado en la cama, como siempre. Levantarme tarde, desayunar tarde, desparramarme en el sofá viendo alguna película europea y tomarme un trago. Odio las películas gringas. Siempre las odié. Pero Sam comenzó con sus engreimientos de niña bien. Comenzaron sus pedidos. Más que pedidos, órdenes. Y como yo odio las órdenes, la mandé a la mismísima mierda. Comenzó a llorar. Creo que fue muy fuerte lo que le dije. Pero no me arrepiento. Quería que vaya al supermercado a comprarle yogurt light. Natural. Lo menos que deseaba en ese momento era salir de la cama y comprar yogurt light. Natural. Tanto me jodió con el pedido que tuve que acceder. Me puse lo primero que vi. Unos jeans desteñidos, una camiseta gris y mis zapatos negros. Cogí las llaves del auto y bajé al estacionamiento. Estando afuera percaté del frío que hacía. Ya estaba ahí y no iba a volver por una casaca. Tomé el ascensor y seguí hasta el estacionamiento. Abrí la puerta del auto, coloqué las llaves en el interruptor e hice contacto. No encendió. Intenté nuevamente. Estaba ahogado. Maldito carro, maldita Sam, maldito yogurt light. Natural. Caminé hacia la puerta del edificio y me topé con T. Siempre con su cara de cojonudo y su típico buenos días. Cada día lo odio más.
En mi mente me pregunto si hago bien en estar con Sam. Nunca le fui infiel ni creo que sería capaz de serlo. Añoro los primeros días, las primeras semanas de enamorados y de convivencia con ella. Desde joven la monotonía y la rutina me matan. Me aburro de casi todo. Todo. Mi vida es así.
Después de haber caminado seis cuadras, llego al supermercado. Empleadas domésticas y señoras de cristal atiborran las instalaciones. Me acerco a las cámaras frigoríficas con la intención de coger el yogurt y largarme a casa. A la cama. ¿Cuál escoger? Entre toda esa gran variedad de productos lácteos es muy difícil elegir, y más aún, si quien lo va a hacer es una persona que nunca en su vida ha decidido una compra de este tipo. Cojo el que se encuentra más a la mano y voy hacia una de las cajas registradoras. Hago la cola y pago. Otra cosa que odio son las personas que atienden a los clientes. Dicen que una buena atención se mide por la amplitud de la sonrisa de una hostess. Como si su forma de hablar -acompañado de un tono de voz irritable- y su amabilidad sean suficientes para hacer sentir a alguien que es bien tratado. A mí lo único que me importa es que me atiendan rápido y punto. Hasta me parece admirable cuando una de estas personas ni te mira y ni te saluda. Es más real, más sincero.
Caminando hacia mi apartamento pienso en Sam y lo que nos sucede. Mejor dicho, me sucede. Soy consciente que gran parte de los problemas que me atormentan, en gran medida, se deban a mi culpa. Pero me cuesta admitirlo ante ella y ante los demás. Soy orgulloso. Soy conflictivo. Jodidamente conflictivo. Sam no se merece esto. Yo no me merezco a Sam, necesito una mujer mejor. Mucho mejor.
T no está en su puesto de siempre. Ahí parado con su cara de cojonudo junto a la puerta. Apreto el botón del ascensor y espero que baje. Una niña con su madre salen y me saludan. Buenos días, me dicen. No les digo nada y paso de frente. Ya en el piso de mi apartamento saco las llaves de mis jeans desteñidos y lo introduzco en la cerradura. Giro, empujo, vuelvo a girar, saco y cierro. T. Qué carajo hace T ahí dentro. Los dos parecen que la están pasado bien. No pido ningún tipo de explicaciones. Es injusto pedírselas. Amor ahí te dejo tu yogurt light, le digo a Sam. Me volteo y abro la puerta. Espérate, no te vayas, me grita como queriéndome dar explicaciones. No las necesito. Los dejo a los dos solos. Tomo el ascensor y bajo al primer piso. Camino sin rumbo fijo y pensando sobre lo que mis ojos acababan de ver. No sé por qué, pero desde ese momento comencé a querer más a T.

(Lima, noviembre 2004)