2/08/2005

Que perfecta es la vida

Él estaba nervioso, me lo confesó esa mañana. Deseaba que todo saliera como lo había planeado. Pero aquella situación, que la había estado maquinando desde hace tanto tiempo atrás, no dependía solo de él. Ya había realizado el primer paso. El más importante de todos. Ahora solo faltaba colocarle la cereza al pastel. Ojalá salga todo perfecto, me dijo antes de salir hacia el restaurante. Se encontraba muy nervioso, ya lo dije. Quedaron en encontrarse a las siete de la tarde en el restaurante que se encontraba en la esquina de la avenida De Mayo. Apenas colgó el teléfono subió a tomar una ducha tibia y a afeitarse. Dudó un instante en que ropa vestir para esa oportunidad. Al final decidió por un par de jeans, un polo celeste y unas sandalias. Deséame suerte, me dijo antes de dejar la pieza. No me acuerdo sinceramente si se la di porque la verdad me pareció patética su actitud. Yo en su lugar me hubiera comportado de otra manera. Era demasiado para una persona como él que había pasado por situación similares o aún peores a lo largo de su vida.
Llegó antes de la hora pactada. Suele ser muy puntual para todo. Se sentó en una mesa mirando hacia la puerta. Quería tener un panorama general del ambiente en dónde se encontraba. Pidió un porrón de cerveza y bebió despacio, esperando. El ambiente estaba inundado de murmullos que no le decían nada. Cada mesa era un mundo distinto, ajeno a él. Al cabo de quince minutos de espera pidió otra cerveza. Ya era la hora señalada para el encuentro pero aún no se hacia presente la otra persona. Qué raro, pensó en voz baja.
Un mozo calvo y de contextura gruesa se le acercó para ofrecerle algo de comer. No gracias, más bien tráigame otra cerveza, le respondió. La puerta del restaurante se abría a cada instante, pero en ningún momento se asomaba la otra persona. Él se comenzaba a impacientar. Yo lo conozco bien y en una situación similar hubiera tomado otra actitud. Sin pensarlo dos veces hubiera mandado todo al diablo y se hubiese largado. Pero en esta ocasión, algo más fuerte que él se lo impedía. Necesitaba un poco más de paciencia. Decidí esperar unos minutos más, me dijo después.
El ambiente en aquel lugar estaba fresco. Las hélices de los ventiladores giraban encima de su cabeza y le revolvían el cabello. Ya habían pasado veinte minutos de la hora acordada y todavía no daba señales de vida la otra persona. ¿Se habría equivocado de restaurante?, se llegó a preguntar.
Comenzó a sentir hambre. No había probado bocado desde el desayuno. Llamó al mozo calvo y le pidió una pizza de muzarella. Luego sorbió un trago largo del líquido amarillento que lo hizo atorarse. Miró nuevamente su reloj de pulsera. ¿Qué se habría creído esta persona para dejarme esperando tanto tiempo?, pensó rabioso. Al cabo de unos minutos le trajeron su pedido: una inmensa pizza grasosa con el queso que se escapaba por los costados. Comenzó a comer, hambriento. En esos momentos su atención se concentró en lo que tenía al frente suyo. Solo eran él y su plato. Nada más importaba en esos instantes. Qué importaba la otra persona.
Las manecillas de su reloj marcaban las ocho y veinte cuando decidió pedir la cuenta y marcharse. Pagó y salió a la avenida. Aún no terminaba de oscurecer, lo que le sugirió caminar un poco por la ciudad.
Anduvo un largo trecho a pie hasta que llegó a la plaza Francia. Todo ahí le parecía nuevo y maravilloso. A su vez, estas cosas que lo encandilaban se encontraban recubiertas, según su apreciación, con un velo de superficialidad. En esos momentos –según me contó- se le vino a la cabeza la historia que alguna vez le contaran sobre un hombre que sufría una enfermedad terminal. Este personaje deseaba que le practicaran la eutanasia antes que seguir sufriendo, cosa que los médicos se lo impedían. Al final, después de tantos meses de agonía y de estar postrado en una fría cama de hospital, murió a causa de la penosa enfermedad que padecía.
Ya cansado de tanto caminar decidió ir a su casa. Paró el primer taxi que pasó enfrente de él. Por los parlantes del auto se oía una canción de los Rolling Stones. A través de la ventanilla, los postes de alumbrado público y los autos que pasaban por el costado se desdibujaban tomando formas extrañas. Que divertida es la vida a bordo de un auto, se dijo así mismo. El auto se detuvo. Luz roja. Unos pocos metros más allá había un kiosco de periódicos en el que pudo leer una noticia referente a un incendio que se produjera unas semanas atrás en un local público.
Llegó a casa a las doce menos cuarto. Lo sé porque vi el reloj que cuelga en la pared de la cocina apenas escuché el sonido que hizo con sus llaves al abrir la puerta. Al verlo, inmediatamente le pregunté por la otra persona. Dibujó un gesto en su rostro que me fue imposible descifrar: frunció el ceño, alargó el cuello como lo hace un cisne y soltó una leve sonrisa. Nunca llegó, me respondió y se dirigió a su pieza. Podría asegurar que, muy dentro de él, se alegraba que esa noche tuviera aquel desenlace.

(Buenos Aires, enero 2005)